Viajo
mucho por trabajo y hace tiempo aprendí que las mejores anécdotas están
fuera de programa. Si escribiera un diario de viaje me detendría en
esos momentos, los que no se enuncian en la nota de un diario, los que
no se cuentan en el informe de un periodista.
Por Claudia Piñeiro
La
semana pasada me tocó viajar a Rosario y lo comprobé una vez más.
Estaba claro lo que tenía que hacer, cuántas reuniones de trabajo me
esperaban, cuántas entrevistas, charlas, etc.
La agenda era
apretada y no daba margen para el azar. Fui, hice, trabajé. Pero el azar
es terco y cuando terminaba el día me invitaron a un cóctel en el
Círculo, el majestuoso teatro que se conoció como “la Ópera” en algún
tiempo y como “La cueva de los ladrones” en otra. El cóctel era en las
catacumbas. Llegué con el escritor Antonio Santa Ana y la librera
Silvina Ross. Allí estaban todos los que participaban del FILA (Festival
Internacional de las Artes que se inició este año con eje temático en
el gran Roberto Fontanarrosa). Nosotros éramos, técnicamente, “los
colados”. Gabriela Mahy, motor del proyecto, recibía a invitados y
participantes. Reconocí a Gabriela Acher, Laura Esquivel, Felipe Pigna,
Sara Facio, Yuyo Noé, Adolfo Nigro.
Los canapés y la bebida iban
y venían sin solución de continuidad, y entre bandeja y bandeja Daniel
Divinsky, dijo: “¿Vamos a cenar?”. La voz corrió, alguno invitó a otro;
hubo quien se sumó en el camino; hubo quien se perdió en el camino,
también. Empezamos a caminar por las calles de Rosario seguros de que
íbamos a Davis, en los ex silos junto al río, pero después de andar unas
cuadras alguien dijo: “¡Che, vamos a El Cairo!”, y cambiamos el rumbo.
No se puede coincidir en Rosario en un homenaje a Fontanarrosa y no ir a
El Cairo.
En la mesa de los galanes, estaban los galanes. A
nosotros nos armaron una mesa larga. Me senté, estratégicamente, en el
medio. En una punta quedaron Rep, Juan Sasturain y Daniel Rabinovich. En
la otra el escritor colombiano Santiago Gamboa, el mexicano Juan
Villoro y Daniel Divinsky. En el medio Antonio Santa Ana, Kuky Miller,
el periodista y escritor colombiano Daniel Samper Pizarro y yo. Alguien
me dijo después, cuando le conté de esa cena: “Me habría gustado ser
mosca para escuchar de qué hablaron”. ¿De qué hablamos?, me pregunté.
Algo de literatura cuando Gamboa analizó la obra de un colega que
acababa de ganar un importante premio. Mucho de violencia, cuando le
pregunté a Villoro por la situación de su país ya que en pocos días
viajo a Saltillo, a pocos minutos de Monterrey, la zona más apremiada
hoy por la violencia del narcotráfico. Y muchísimo de fútbol.
En esta mezcla, fútbol, violencia y literatura, estuvo la gracia de la noche, y la certeza de que todos somos latinoamericanos.
Para
los postres Rabinovich le daba explicaciones a Rep y a Sasturain acerca
de la última derrota de Independiente, pero poco después estaban
hablando de la violencia en el Líbano. Mientras en la punta de Gamboa
del escritor premiado pasaron, vaya a saber por qué mecanismo de la
conversación, a Messi. Y Samper fue de Messi a las ciudades taurinas y a
las corridas de toro. Varios hablaron de lo que se siente ser
latinoamericano y vivir desde hace tiempo en otro lugar del mundo:
Samper en Madrid, Gamboa en Italia y en la India. Hablamos de la obra de
teatro de Villoro que se estrenó en Buenos Aires, de Rosario Central,
de la baja de la violencia en Colombia y el aumento en México, de cómo
esa noche caminamos de un lugar a otro de la ciudad sin otro temor que
los zapatos que le apretaban a Kuky, de Fontanarrosa, por supuesto, y
otra vez de Messi.
Y así, como una pelota que se va pasando de
un jugador a otro, la palabra fue moviéndose de la literatura, a la
violencia y al fútbol una y otra vez. Hasta que Samper dijo la frase de
la noche: “El Palomo Usuriaga murió de muerte natural. Más natural que
morirte después de que te pegan 19 balazos, no debe haber”. Un
verdadero microrelato que unió el fútbol, Independiente, la violencia y
la literatura.
Porque al Palomo lo mató un narcotraficante que
estaba enamorado de su mujer, un gran final para el héroe de una novela.
Lástima que se tratara de la vida. Y de la muerte.
fuente: agencia Telam
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